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Qué implica decidir separarse de una pareja a los 37 años?
En este momento en el que me empiezan a llamar señora, o de usted, de manera
claramente intencionada, hay cosas que ya empiezo a vislumbrar que ya no podré hacer.
Forma parte de esa renuncia implícita de la madurez, cuando hace tiempo que una se ha
dado cuenta de que ya no podrá ser astronauta, y que los días para ser madre se
empiezan a acortar.
Algo curioso ocurre en el cuerpo y la mente de una mujer de mi edad, ese ajuste hacia
esa potencia creadora, que al menos en mi caso nunca se había orientado en esa
dirección, pero ahora, con la prisa de perderse la fiesta, despierta con resaca, se pone los
pantalones a toda prisa, sin ducharse, para salir a la calle y darse cuenta de que es
domingo y los autobuses hoy se rigen por los horarios de festivos.
Mierda…
No consigo imaginar lo que es una gestación, menos aún un parto, más allá de las
historias inevitables recitadas a mi alrededor de contracciones y epidurales. Eso
corresponde a un imaginario maternal poco reconocible para mi. Lo que sí sé que me
estoy perdiendo, con toda la consciencia de mi ser, es el compartir con una persona su
descubrimiento de la vida, su dolor y goce de la existencia. El juego eterno de la niñez.
Porque eso sí que lo recuerdo.
La maternidad es para mi la oportunidad de retomar aquellos hilos perdidos en la
memoria de los capítulos infantiles, de rehacer algunas tomas que quedaron descartadas,
y sobretodo de aprender nuevos juegos no jugados.
La maternidad, ese gran misterio.